sábado, 8 de enero de 2011

En Otras Guerras

La vi desnuda.
Lo que me impresionó fue la cicatriz inmensa que le cruzaba todo el estomago hasta debajo del pecho derecho. Las terminaciones de las costuras no eran tersas, mas bien parecían tristes teclas en la sonrisa malhechora de un guasón turgente.
Le pregunté sin protocolos que le había pasado.
Es un recuerdo de mis vigilias anteriores… No le dije nada. Seguí mirando esa vía ferroviaria; toqué con ternura algunos durmientes y esas estaciones con andenes vacíos que no llegaban ni partían hacia ningún sitio.
Recuerdo haber insistido en mas explicaciones y la suave lengua de mi mujer que no decía sino que hacia; y sus palabras en el silencio del amor que se había construido allí, en ese instante entre y alrededor de los dos.
A algunas palabras que decía le faltaban algunas letras.
Al principio, no me di cuenta. Luego, prestando atención di con dos; la palabra ardor que quedaba “ado”, y la palabra permitir que era “periti”.
Se lo hice saber.
Me dijo que su verdugo le había permitido vivir tolerando ciertas quitas. Esta fue una de ellas.
Le dije, entre besos, que me dijera nuevamente ardor y permitir.
Las dijo sin las erres y sin las emes.
Ella no estaba construida de la manera prevista; pero, esto no bajó en nada mis deseos. Amaba a esa mujer.
Después, comprendí que ella estaba también incompleta en el amor.
Me di cuenta cuando comenzó la tercera o cuarta guerra mundial (ya no lo recuerdo; es mas, creo que no es importante)…

…En la violación de la quinta tregua; en algún lugar de la quinta o sexta conflagración mundial…
Los sionistas no tomaban prisioneros.
Hacían un paté multicolor con los que lograban caer. Y se los daban de comer a sus tropas enfermas con el síndrome de estar excesivamente incluidas en los frentes de las ciudades desvanecidas de la India y Pakistán.
En ese barro colorado estaba, cuando reapareció la Teniente Kohan en mi vida, o en lo que quedaba de ella.
Era ella, sin dudas. El amor de mi vida; solo que le faltaba un brazo y tenia una de esas cámaras que todo lo filman.
Me reconoció.
Nos reímos un segundo juntos.
Me dijo permitir. Todavía le faltaba la eme.
Yo estaba, en ese momento, con varios compañeros perdidos por el gas de la locura.
La Teniente nos avisó que pronto tendríamos que ir en busca del Santo Sudario, en poder de los malditos Musulmanes.
Me persigné; y ya, junto a su boca, le pedí un beso.
Me lo dio, aunque sin dentadura; luego, nos despedimos.
Yo iba a una muerte segura. Ella, quizás y a pedido de su verdugo, perdiera varias letras más de su hermoso abecedario…

martes, 4 de enero de 2011

Tiempo Seco

Veo los ventanales como parpadean, como reflejan ese escenario nocturno que va apagando sus luces porque algo sucede afuera y me es desconocido. Estamos encerrados acá, en un piso superior, mirándonos las caras y hasta alguno que otro habla en un susurro quieto como quien descifra idiomas que el aire trae de otra parte. Y no entiendo que hago, entre desconocidos. Una niña morena, un niño rubio, su madre o la esposa de su padre intentan y lo logran, acercarme un vaso con alcohol. Ella, o la madre postiza, me dice que ellos no saben nada, que afuera pasó algo que todos desconocen, que sienten mucho miedo y que la gente muere de pronto, de golpe, en sus lugares habituales. Y ahí quedan porque los demás, los que pululan alrededor no atinan a nada específico… ¿Como específico? Si, digo… Hacer algo; si alguien muere delante de mi, digamos, por un sincope al corazón o algo así, intento esa reanimación que alguien alguna vez me recomendó hacer en esos casos, golpeando el corazón o el lugar en donde este se encuentra, pero… ¿Y si no es así? Digo, si la gente muere por otra cosa y no por el corazón? No sé… La gente se muere. Esa es la realidad. ¿Y como llegaste acá? Recordé que este edificio se encontraba cerca del puerto… Mentí… Entonces, me vine hasta acá para ver si podía escapar… Concluí la mentira… Y me miré el brazo derecho tatuado, vivo, en carne firme y latiendo. Terminé el vaso de alcohol que despejó mi camino interior y volví la mirada hacia fuera. Las luces nocturnas se iban apagando a intervalos regulares. El mundo, tal como lo conocíamos, se secaba y quedaba ahí, quieto, como flores mustias que una mujer ha olvidado en un florero en su comedor diario. La mujer se retiró. En su lugar encontré a otra mujer mucho más anciana y más menuda. Me dijo que Dios así lo había decidido, que era el fin del mundo. Me reí, quizás fuese el alcohol. La anciana me observo con severidad. Alguien dijo que nos íbamos. Hubo un revuelo en la habitación. Los ventanales parpadearon. Pregunte hacia donde partíamos. Un hombre me dijo, con convicción, que había un barco en el puerto para nosotros, que teníamos que trasladarnos dos cuadras hacia el muelle y que allí nos embarcaríamos. Me levanté e intenté salir de ese lugar. Algunos llevaban bolsos y cosas cotidianas, algunos sonreían, otros estaban muy serios. Todos esperábamos que en cualquier instante nos tocara, que la muerte deslizara su huesuda mano sobre el hombro y la vida terminara en ese mismo momento. Insistí en irme de allí. El aire de la noche me golpeó con inclemencia. Íbamos en fila, como condenados de antemano a un castigo innecesario. La anciana me tocó el brazo… Ya ve, Dios nos ha bendecido con la vida y ahora nos maldice quitándola, sin miramientos… Yo sonreí; pensé que Dios no tenía nada que ver con todo esto. Creo que pensé en eso en ese momento y no más tarde cuando nos detuvimos ante una escalera que desembocaba en una abertura en el fuselaje de lo que supuse era un barco tremendamente moderno y desafiante como supongo son las cosas modernas y desafiantes. Entonces ocurrió. Dos o tres hombres delante de mí, cayeron fulminados; pase ante sus ojos abiertos, mirando nuestros cuerpos que aun conservaban la estabilidad y los eludían. Ellos estaban muertos. No era tan malo después de todo. Llegaba así, de golpe, y así nos íbamos, sin alharaca. La mujer anciana se arrodilló y comenzó una plegaria. No pudo terminarla, quedo allí, arrodillada, como un envase seco y entristecido bajo la noche estrellada. Comenzamos a subir por la escalera hacia la abertura. Yo estaba pensando en otra cosa. Sentía los golpes que mi corazón hacia, atravesando la piel en el pecho en donde llevaba tatuado el nombre del que tenia que morir. Los hombres se fueron agrupando en el fondo del amplio salón metálico, con sus mujeres y sus chiquillos. No había llantos ni imprecaciones, solo el murmullo de los arrastrados pasos. Todos sabíamos que nos tocaría, pero no sabíamos ni cuando ni donde. Intuí que mi presa estaba por ahí, en ese montón de ojos que se encimaban en las sombras. El barco pronto zarparía. Me senté sobre una lata; iba a lamentarme en obstinado silencio, de la suerte y sus beligerancias, cuando ella se sentó a mi lado. Tenía el pelo largo y era bonita. Me tomó la mano y agregó en un idioma sensual y totalmente extraño “cuanto lo siento…” y se quedó quieta y rígida, estupendamente muerta. La acomodé sobre un camastro y me levante para ir a la otra punta del salón. Sentí bajo los pies el movimiento. El barco se movía. Se ponía en movimiento conmigo encima de él. Intenté moverme en él como había aprendido en mis antiguos días marineros. No debía olvidar mi objetivo antes que la muerte me llevara. Un hombre apareció a través de una abertura en la pared, con una bolsa. Comenzó a repartir panes entre los sobrevivientes. Mordisquee un pedazo y lo tragué con un poco de agua que una mujer repartía en pequeños vasos de papel blanco. Un hombre me miró y no dijo nada. ¿Me habría reconocido? Me senté nuevamente sobre la lata y cerré los ojos. A mi oscuridad volvió el nombre de mi victima. No pasaron ni veinte minutos de zarpar el barco que más de la mitad de la gente había muerto, quedándose duros y quietos como flores de carne arrancadas del jardín de la vida antes de tiempo o contra su voluntad. En todo caso, no había más que decir acerca de tanta muerte. Me concentre en mi misión. Tenia poco tiempo o mejor aun, escaso margen de maniobra. Quizás pronto me tocaría a mí fenecer y mi misión quedaría inconclusa. Subiría hasta cubierta. Las escaleras de metal eran todas idénticas. Tarde mucho tiempo en ascender. Por donde iba, encontraba miradas ansiosas y severas, todas añorando el haber perdido lo que ahora me pertenecía, mi elasticidad, el movimiento puro y suave de los músculos hacia la claridad. Salí, por fin, a un sol apenas develado cuando me di cuenta que mi propio nombre respondía al tatuaje que tenia en el pecho. Era gracioso aunque demasiado arduo. Yo era mi próxima victima. Me toque y no paso nada. Quizás y en todo caso, mi don había concluido. Me quedé quieto bajo el sol, solo; y me toqué nuevamente…

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Terrorismo

Todo comenzó leve, casi imperceptible; como cuando te bajas de un taxímetro en el corazón de Manhattan o alguna de esas celebres ciudades, pero en realidad, estas en medio del desierto, cerca de Tikrit, una ciudad Iraquí en pleno triangulo Suní; que no sabes bien que puede significar pero que remueve aguas lodosas en el fondo de un corazón que late bien fuerte porque no sabe que puede pasar delante de sus ojos abiertos, y encima, ese aire cortado por un avión repleto de gritos que se estrellan contra los ventanales en donde humean las caras de espanto de varios oficinistas, tan acostumbrados a no ver mas allá del paisaje estéril de la bahía desde un piso cien; y esos cientos que se multiplican en muchos otros que asisten (Oh, todo no es mas que una representación humana) a la forma grotesca de un cadáver recién horneado, con sus giros en degrade, y sus huecos rellenos de punzantes coágulos; y las botas se hunden en la arena, pero no es un reloj de helado de limón que se derrite sobre los dedos; es solo un pequeño segundo de muerte o varios, o el tiempo que le lleva al de cara redonda agusanarse delante de los controles de un Boeing y desviarlo del cielo hacia el infierno de vidrio y hacerlo una enorme bola de fuego, un sol que se derrite en las entrañas de un monstruo de acero y plástico y computadoras y pulcros ajedrecistas que comparten el valor social de mover peones y jaque mate; y en medio de un infierno, otro, no el anterior, digo otro, cerca de Tikrit, una ciudad de automóviles impecablemente soldados al calor, y unas casas bajas con letreros en árabe, y mas allá de algunos perros, un soldado; tiene uniforme y armas a la vista y es, desde los tiempos romanos, parte del imperio insoslayable; juega con un teléfono celular que tiene incorporado una serie de “games” que sirven para matar el tiempo si el usuario de este tipo de tecnologías no sabe que hacer mientras no habla porque no hay nadie que entienda el idioma en estas tierras alejadas, en el otro extremo del mundo conocido por un joven criado cerca de una granja con cerdos, y cerveza por las tardes, en las tardes acarameladas en donde la razón administraba sus dosis con sabiduría de monologuista; pero, volvamos al comienzo, cuando bajaste del taxímetro en pleno Manhattan y viste que la gente, ese tipo de gente tan común que no es ni gorda ni flaca, ni vestida igual, ni tiene manchas en la cara ni le falta algún brazo o alguna pierna producto de las esquirlas que producen las bombas de fragmentación que tiran los aviones desde tan alto que es imposible descubrirlos en una mañana tan apacible, mientras unos niños chapucean cerca de una canilla que solo gotea; y el oficinista, que piensa en español, mira por los ventanales de gruesos vidrios como la nariz de un gigantesco pájaro azul metalizado golpea contra su propia nariz y lo pone, como decía el comentarista Ramírez, “Nock-Out”; y los uniformes naranjas rodeados de un cerco de alambre y las púas de esos alambres rodeando a los de mameluco naranja que oran mientras unos tipos grandotes de uniforme verde los insultan y les preguntan quien era el fulano que bajo del Taxímetro en pleno Manhattan cuando los aviones estallaban allá en lo alto, produciendo un sol repleto de cadáveres inocentes porque todo cadáver es inocente cuando muestra con candidez que su reverso es solo un poco de sangre, algunos huesos, músculos, órganos, y un poco mas o menos de fluidos y realidad.



domingo, 19 de diciembre de 2010

La Revolución de los Corazones

Alguien me cortó el paso.
Era una sombra corpulenta. Me tomo la muñeca de una de las manos que alce instintivamente, y me la retorció en un guiño oscuro, lleno de dolor.
Empujo mi aturdimiento hasta la puerta abierta de un automóvil detenido, que nos esperaba cerca del cordón de la vereda.
Sentí otras manos y otro dolor.
Luego, el viaje; corto, impensado. No salía de mi asombro turbio.
Una habitación enorme.
Un sillón vacío.
Un hombre que esperaba en una bienvenida cínica…
-Sentate… ¿Cual es tu nombre de pila? ¿Con el que comúnmente te nombran los que te conocen? Bien… Yo soy… De ahora en adelante, “El Ayudante del Maestro”… Al maestro todavía no lo vas a conocer, antes tengo que saber algunas cosas que vos sabes y me vas a decir… Por supuesto, si vos querés…
El hombre que hablaba era una rara mezcla de presentador de escenarios y pequeño estratega de sepelios. Un indefinido que poseía fuerza bruta y no dudaba en utilizarla.
Un gritillo homosexual irrumpió en mi garganta. No podía dominar personajes y el “Ayudante del Maestro” lo sabia…
-Ahora, vas a conocer a Salvador Pena, “El Cosedor”…
Me susurró cerca del oído luego de haberme golpeado salvajemente ese lado de la cara que quizás debido a la violencia, estaba en penumbras.
Sentí que mi jorobado se perdía en un callejón escapando de los Nazis de cuero lustrado y navajas relampagueantes.
El “Cosedor” era un hombrecito común que sonreía serio y perfumado. Llevaba un delantal blanco lleno de manchas terrosas secas y traía una gran aguja enhebrada con un hilo que ondulaba en el aire seco de esa mazmorra.
Me cosió la oreja con ademanes filosos.
Quise defender mi territorio pero estaba atado con gruesas correas al sillón.
El “Ayudante del Maestro” temblaba de gozo al ver como la aguja se insertaba en la carne y unía la oreja a la tirantez de la piel; y toda esa sangre bañando mis pantaloncitos ceñidos.
Cuando terminó, el “Cosedor” inspeccionó su trabajo y asintió satisfecho.
El “Ayudante” se acercó y con un dedo seco, tocó la zona dolorida.
Una tormenta eléctrica sin sonido recorrió toda mi cabeza.
El torturador agregó…
-Esto es solo el comienzo; y esta también es la primera pregunta que tenés que contestar… ¿Donde estabas el Día de la Revolución de los Corazones…?
Hable aturdido; de ese día primaveral en donde por orden del poder de turno en ese entonces, todos y cada uno de los habitantes de esta tierra magnifica, éramos libres de una vez y para siempre. Entonces, debíamos festejar, abrazarnos con el otro, que era nuestro igual, el que estaba a nuestro lado y reía en ese luminoso acontecimiento.
Yo estaba, en ese momento, con “Frondoso”, con el “mimoso de Córdoba”, con “Florecido”, con todos ellos, en la Comunidad, pintándonos los cuerpos esbeltos de colores vivos, envueltos de alegría ante el nuevo nacimiento.
Por alguna razón que desconozco, al “Ayudante del Maestro” no le gusto mi respuesta.
Comenzó una andanada de golpes a mis partes indefensas; destrozo con conciencia cada uno de mis dedos, a destajo la zona de mis genitales y con peculiar eficacia, mi rodilla derecha.
Lo vi a través de su salvaje baile sobre mí, con el traje desmañado y la corbata floja, manchado con gotas de mi sangre, y su sonrisa rancia coagulándose en el filo de su cara.
Vino el “Cosedor” y trabajó sobre mi parpado derecho.
Ya no lo sentía.
Los sentidos, como un matrimonio viejo y cansado luego de un tiempo largo junto, ya no se reconocen, están sin estar, digo… Y el “Ayudante” que paladea mis pensamientos, se ríe ante esta tontería.
Y me muestra fotografías de personas que alguna vez conocí y pasaron por las agujas del “Cosedor”, todas atravesadas con costuras, cerrados cada uno de los orificios del cuerpo, maniatados con latidos y produciendo saliva.
Me desmaye.
Creo haberlo hecho.
Un vaso de agua estallando en mi cara, me despertó.
Sentí otra vez la lengua ausente del “Ayudante del Maestro” preguntando…
-¿Donde estabas el Día de la Revolución de los Corazones?
Vi la cara aterrorizada del jorobado, escondido dentro de un gran tacho de basura mientras una horda de Nazis con sus cachiporras apaleaban hasta la muerte a un indefenso que casualmente pasaba por ahí.
Bese con apasionamiento al “mimado de Córdoba” y le colgué del cuello una guirnalda con flores de papel que habíamos hecho nosotros mismos. Salimos a la calle a festejar; todo el mundo lo hacia. En ese momento estaban los conocidos y los desconocidos ensayando alegría por la calle, entre los automóviles, en la ciudad toda…
El “Ayudante” comenzó con su golpiza habitual.
Me estaba pateando en el piso cuando, por alguna razón, dejo de hacerlo.
Se acerco a mi aturdimiento.
Lo oí como se oye un crepitar de pájaros lejanos en lo alto de un árbol oscuro en un bosque de más allá de todo esto…
-No te voy a matar, no… Vas a despertar y vas a olvidar todo esto, pero… Tené cuidado, puedo volver… Y voy a volver a preguntarte donde estabas el Día de la Revolución de los Corazones… Y vas a hacer un esfuerzo por recordar, porque si no…

Súbitamente, me senté en la cama; todavía, por la ventana, hervía la noche.
Me toque la cara.
Estaba empapado en transpiración.
Un mal sueño con seguridad.
Me levante, camine unos pasos, y encendí la luz del baño.
Abrí la canilla del lavabo y me moje la cara.
Inspeccione el paisaje. Nada anormal.
Entonces, lo descubrí… Imperceptible, un hilo finísimo que salía de la piel cerca del lóbulo de la oreja derecha.
Tire de ese extremo y un dolor inevitable surgió de esa parte de la cara.
Volví a la cama en penumbras.
Sabia, ahora lo sabia, que pronto, cuando me durmiera, tenía que saber donde estaba yo el Día de la Revolución de los Corazones…

martes, 14 de diciembre de 2010

Anteojos

"Dicen que somos lo que vemos..."


Uno
El doctor Segundo Marconi avanzó entre las mesas del "Capitol".
Allá adelante, sobre el escenario, Sandrinne se sacaba la prótesis y dejaba el muñón de su pierna derecha al destello de un haz de luz roja.
El doctor Marconi babeó de contento; y se sentó en una silla muy próximo a Sandrinne, quien lentamente se acariciaba la pierna ficticia, dejando en el aire sus dedos.
El mozo se apersonó con presteza y recibió el pedido del doctor: una menta bacará.
Sandrinne se puso de pie semidesnuda, ensayó una leve genuflexión, y abandonó el escenario.
Una voz cansada anunció por los parlantes a la próxima estrella.
Dolores ORiordan.
Dolores era ciega y la preferida del doctor Marconi.
Su cuerpo abundante y espectacular era sobriamente fugaz.
Arriba, en el entarimado de brillos y fantasía, Dolores en un día de lluvia y truenos, perdía a su perrito pompón blanco en la plaza colmada de transeúntes que huían del aguacero.
Empapada, con la escasa ropa pegada a su cuerpo, Dolores bailaba con calculada sordidez.
El doctor Marconi se emocionó hasta las lágrimas.

Dos
Dolores, ya sola en su camarín, cubrió con maquillaje las ojeras que sentía en el rostro; cuando tres golpes sonaron a la puerta.
Con voz monocorde dijo “adelante” y la puerta se entreabrió.
Era Marconi, con un ramo de flores.
El perfume abrumó a Dolores, que adivinó quién era.
Ya lo había tocado alguna vez.
Dolores le dio las gracias y preparó un florero con agua para las rosas.
A los tumbos anduvo con esto hasta que el doctor se ofreció a hacerlo.
Dolores le tocó los ojos y le preguntó si había sido boxeador alguna vez.
Marconi le contestó que no, que sólo tenía facilidad para llorar.
Se tomaron de las manos y rieron juntos sin tener alguna excusa para esta fiesta.
Dolores le pidió entonces a Segundo Marconi que le consiguiera dos ojos.

Tres
El doctor Marconi pensó que sería fácil.
Se encaminó tarareando hacia el lúgubre hospital, una casona blanca al final de un camino de piedras.
El doctor carraspeó ante la ampulosa vigilante que sentada en el amplio vestíbulo, resguardaba de curiosos e intrigantes los vaya a saber qué ocultos secretos del hospital y alrededores.
El doctor Marconi le contó con candor qué lo traía por ahí, y la vigilante, mirándolo con socarrona lentitud, le dijo que eso allí era imposible, que probara vía epistolar y dio dirección y forma.
Luego, lo hizo acompañar por dos guardias, quienes con presteza lo despacharon a la noche.
Marconi se sacudió el polvo de sus ropas y se sentó en una enorme piedra blanca a pensar una estrategia.

Cuatro
El doctor llamó a la puerta lateral de hierro.
Un enfermero con voz cascada le preguntó desde adentro quién era.
Marconi le dijo que era de la panadería, alguien del hospital había pedido pan recién horneado.
El enfermero, dormido por las horas y el ajetreo, lo dejó desvanecerse en los interminables pasillos del hospital.
Anteojos, observó Marconi, estaba en el primer piso.
Subió confiado las escaleras y ya en un pasillo iluminado por tubos lívidos, buscó la puerta.
Descartó varias con carteles incorrectos, y encontró lo que buscaba al fondo de su derrotero.
Una puerta le anunciaba anteojos.
Accionó el picaporte y entró.
Estaba oscuro.
Buscó a tientas la perilla de la luz y la encendió.
Pestañeó ante la grandeza de lo descubierto.
Era del tamaño de un galpón o eso le pareció al doctor.
Una gran mesa en medio, y a los costados paneles, infinitos paneles con pares de anteojos.
El doctor Marconi se sentó a la mesa y procedió a inspeccionar un par de anteojos de gruesos marcos.
Todos llevaban una tarjeta prendida con un cordón de color agua.
Con letra bella se dejaba leer en las tarjetas:
genero: masculino- adulto –color negro profano.
Observación del lente:
“El violín buscó la algarabía de un recuerdo.
El que tocaba lo hacía con ojos cerrados, y movía los pies, balanceándose en un aire difícil pero necesario.
Unos nudillos tocaron a la puerta.
Mire por sobre mi hombro, unos hombres traían la novedad: se había prohibido la música...”
El doctor buscó en las alacenas llenas algunos pares de anteojos con sus tarjetas.
Leyó...
Género: femenino – adolescente – color azul mate dinamitado
Observación del lente:
“He descubierto en mi amiga recién sacrificada, quién soy y qué debo hacer conmigo.
Miro el muñón en que quedó convertida mi pierna al querer atravesar el muro.
Los guardias a dos pasos se divierten. Uno de ellos corta la energía de ese tramo y me devuelve la pierna que antes me pertenecía...”

Cinco
El doctor Segundo Marconi volvió con los bolsillos llenos.
Llevaba varios pares de anteojos para Dolores.
Algo andaba mal.
Habían clausurado el Capitol y, como todo lo clausurado, procedían a dinamitarlo.
El doctor se alejó atribulado calle abajo.
¿Cómo haría para localizar a Dolores?
Recordó que ella le había comentado que vivía en algún lugar de Matanzas, cuando se volvió a ver la explosión; un hongo verdoso que sólo astillaba lo necesario.
Matanzas era demasiado grande para el doctor Marconi, y se sentó en una piedra para pensar una estrategia.

Seis
Marconi se volvió a mirar la noche.
Allí, entre pedazos de vidrio molido y aullidos profundos, se encontraba la luna.
Revisó un bolsillo y extrajo un pequeño par de anteojos.
La tarjeta decía “libre”
Enfocó por el pequeño lente hacia arriba y vio, aumentada, su desdicha. No había error, solo la certeza de la inmensidad.
Levantó del suelo un papel blanco.
Era una propaganda, un nuevo lugar de diversión con chicas, tragos llamado “Cosmopolitan”.
Estaba cerca de donde él se encontraba.
Quizás estuviese Dolores o al menos Sandrinne...
Iba tirar los anteojos, pero ahora todo adquiría una visión más clara.
Silbando, el doctor Segundo Marconi, con al manos en los bolsillos, busco el camino hacia la felicidad…

Epilogo para Obdulio
La luna modificaba las ruinas del cielo.
El doctor seguía masticando la información en la tarjetas de aquellos anteojos: qué era ese muro, la prohibición de la música, por que tantos anteojos en ese sitio y no en las caras...
Una mano rozó su hombro, era la luna que quería bailar.
El doctor preguntó por qué...
La luna le dijo en un suspiro que quería danzar con el último sobre la tierra.
El ultimo qué... repuso Marconi.
La luna solo se arremangó las enaguas y bailó con el doctor sobre los océanos encaprichados, sobre las menstruaciones de las Vírgenes…

















sábado, 11 de diciembre de 2010

Patria

Mi madre, es una madre negra...


Balbuceó su nombre...
Me han bautizado con el nombre de Vladimir Illich... y un borbotón de sangre ahogó sus palabras.
Estaba inmenso, tirado entre mis brazos.
No pude hacer nada para aquietar las aguas de su muerte.
Lentamente, el cuerpo se fue de mi orilla, hundiéndose en su propia oscuridad.
Vladimir, si acaso así se llamase el desconocido, fue el primero que acuné hasta dormir, pero no el último.
Conté los balazos en su pecho. Eran tres.
Tenía un tatuaje con la sagrada bandera, último símbolo patrio vendido en subasta por el imperio para humillarnos...
Tania Fedorova parpadeaba a mí alrededor.
Ella era demasiado joven para tanta muerte.
Los ojos de la pequeña gimieron en un acerado guiño; la calmé con un par de palabras: no es nada... no es nada...
Un atribulado Piotr Ivanov salió de las sombras con un papel en la mano: Padrecito... Padrecito... Ha comenzado la matanza...
Y leyó los nombres de los camaradas muertos en las últimas horas.
Repasó nombres y números, familias enteras, todas nacidas en esta tierra única.
Se me humedeció el corazón.
Allí también permanecía mi madre encerrada en esas cinco o seis letras que latían amarillentas bajo la luz sorda de las velas.
Salimos a la noche.
Las explosiones iluminaban la parte vieja de la ciudad.
La parte nueva ardía en fuegos tornasolados y los disparos, millones de tablas pariéndose al unísono, desmadejaban nuestros sentidos.
El pequeño Piotr Ivanov, afanándose en el papel de contador prolijo, enumeró los posibles escondites.
Las tropas imperiales pronto romperían la tregua de nuestro abatimiento.
Abracé a mi Tania Fedorova y nos deslizamos por un puente de madera encima de las tortuosas aguas de un crecido río, hacia las afueras del poblado blanco de Ekaterimburgo.
Tropezamos con unos campesinos guiado por alguien del clero que ciertamente descendían a una muerte segura.
Pronto sus cráneos adornarían la cámara de tortura de algún terrateniente aburrido.
Guié a mis pequeños escuderos hacia la oscuridad más absoluta.
Tania y Piotr seguían ensimismados en sus pensamientos cuando un temblor de tierra nos obligo a escondernos detrás de unos arbustos.
Por el camino descendía, desde la ladera de una colina, un contingente de fieros soldados de a pie armados de furia.
Pasaron fétidos y se fueron, dejándonos desnudos.
Tania lloraba, Piotr temblaba, y yo preguntaba: por qué... por qué...
Me sumergí en la muerte de alguien desconocido; y recordé la voz de Vladimir Illich envuelto ciego en mis brazos, yéndose al otro mundo.
Recordé que llevaba una bolsa de juguetes, que Tania necesitaba cambiar los pañales y que Piotr Ivanov ya casi cumpliría los doce...




sábado, 4 de diciembre de 2010

El infierno de los cinco minutos

He heredado cinco minutos de tiempo, en los cuales, dentro de ellos, me es permitido hacer lo que quiera, incluso pensar, dentro de las posibilidades, que ese tiempo se acabe...